martes, mayo 06, 2008

Impotencia mental

Alguien me robó el pensamiento y no puedo escribir… Mente en blanco, estancada, paralizada. Nada, absolutamente nada de inventiva. Llevo semanas con la imaginación clausurada. ¡Qué impotencia, por Dios! Día y noche me rebano los sesos en busca de un “algo”, de un qué contar. Sin embargo, no existe un asomo de fantasía en mi interior. Dicen que soy un cuentista; un narrador de la calle. Vaya broma que me juega la vida. Un escritor que no puede escribir. ¡Sensacional! Esta sí que es una historia que merece ser contada. Una y otra vez me siento frente al computador, y una y otra vez la hoja en blanco de la pantalla se mantiene inmaculado, desafiante, hasta podría decir burlón, ante mi incapacidad de hilar una ficción. Impotente, desesperado, apago el ordenador. No soporto tanta insolencia virtual. Antes me apoyaba en mi capacidad de asombro para entretejer relatos que se desprendían de un silencio, de un fogonazo urbano, de una vivencia, de una nota periodística, de un viaje por parajes recónditos, de la resignación del marginado, de la esperanza del iluso, de la fe del creyente o de la mística del indígena. Hurgo en mi pasado en busca de una anécdota, de un evento, de una tragedia, de la presencia de un personaje que habla sólo con su mirada… y nada. Fracaso tras fracaso. Esto es cosa de locos. Nunca tanto tiempo había transcurrido para poder hilar una historia, real o de leyenda; virtuosa, deprimente o tan aberrante que daba rienda suelta al veneno de mi sarcasmo para denunciar la injusticia social, la demagogia oficial, el cinismo del magnate o la corrupción del político. Cierto, también se ha desvanecido mi sentido del humor negro. En el pasado ya se habían presentado pasajeras lagunas mentales, después de disfrutar de una buena racha de trabajo. El sentirme vacío me inquietaba. Entonces me refugiaba en la lectura hasta que se encendía una nueva luz que retaba mi capacidad de atacar una nueva aventura. Aprendí, pues, a sobrellevarlas porque estaba consciente de que tarde o temprano surgiría un nuevo fuego que me invitaría al duelo con las palabras. ¿Y ahora? Ya lo he dicho y repetido: nada absolutamente nada. Tal parece que me amputaron el cerebro, que me han mutilado la imaginación, la reflexión, la capacidad de fantasear y discernir. Han pasado días, semanas o ¿meses? Ya no sé cuánto tiempo llevo flotando en las tinieblas del limbo. ¡Qué demonios me está pasando! No lo sé. De lo que sí estoy cierto es que alguien se robó mi pensamiento y quiero atrapar a la ladrona.

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