miércoles, enero 02, 2013

Aprendiendo de las luciérnagas

En mi vida, la misma está llena de situaciones insospechadas, de giros absurdos, de momentos que te llenan de luz o instantes que la apagan sumiéndonos en la más profunda de todas las oscuridades…

Y es que, como yo, habemos personas que por diversas circunstancias se ven obligadas a generar su propia luz, como si su cuerpo fuese al mismo tiempo el carburante y la cerilla… Y yo me considero a ratos una hombre-luciérnaga que intenta generar la mínima luz para no perder el ritmo de sus propios pasos… Hay momentos en los que logro mantener el equilibrio sobre la cuerda floja. Y cada día espero mi nuevo itinerario, caminando los mismos pasos sobre nuevos e inquietantes precipicios… La rutina de mis malabarismos se instala en mí y yo la observo con cierta desconfianza, como si recelara del automatismo de un acto reflejo… Y lo pienso y lo sé, que en el fondo estoy cansado de este baile… Y sin embargo, cada mañana me reta un nuevo esfuerzo, una mayor osadía, y una renovada luz me dice que no… que mi vals que mi vals que mi vals… no ha empezado todavía…

En el fondo no soy tan transparente… Hay días que me levanto escarabajo y entonces la noche me envuelve con un llanto espeso de carencias. Y mi costra es tan dura y tan profunda la herida que por más que busque el interruptor, la noche se eriza y se espesa ante mí. Poco a poco abro los ojos y el mundo se me hace un nudo en la garganta… Y me refugio en una soledad que afila sus garras con la obstinación brutal…

Me quito los zapatos. El mundo es diferente cuando se camina sin zapatos… Es como si de pronto fuéramos más nosotros mismos, más humanos. Y poco a poco intento descubrir el por qué… el por qué de todo esto… Y no entiendo el movimiento ni el descanso, como tampoco puedo entender esta maldita costumbre de arrancarme el corazón a pulso y a fuerza de desapegos… Y es entonces cuando siento que el escarabajo muerde en mí y devora mi corazón, como si sólo fuera un tubérculo más en un campo de tierra.

Y yo lo pienso y me pregunto… ¿Qué pasará cuando ya no quede más donde morder?

El mundo no siempre ofrece respuestas para todo, pero a veces lo difícil es formularse las preguntas apropiadas…

Y a veces las preguntas llegan precisamente cuando el escarabajo acaba devorando lo poco de luciérnaga que queda en mí…

Ayer recibí una noticia que podría dar a mi vida un giro de 180º… Aún no es seguro pero sí bastante probable… Y lo que hace un par de años habría aceptado sin más y que podría haber deseado por encima de las estrellas, hoy, sin embargo, me sorprendo a mí mismo pensándomelo dos, tres, cuatro… demasiadas veces…

Quienes me conocen lo saben: me gusta la improvisación, el riesgo personal, el no saber qué va a suceder en los próximos 5 minutos… Cometer esas pequeñas locuras que para mí están tan llenas de significado. En mi vida he tenido muchísimas encrucijadas, y siempre he sabido el camino que debía escoger porque siempre he sabido hasta dónde quería llegar… Pero esta vez hay algo que está perdiendo todo su sentido… Es extraño… Porque a pesar de todas las contradicciones, es precisamente gracias a ellas que soy consciente de lo mucho que he cambiado…


Algún día las luciérnagas…

Y mientras tanto sólo me espera confiar que mi renaciente luz y mi intuición sabrán guiarme por esta tela de araña que es mi vida.

Tambien... Nunca… Nunca he visto una luciérnaga desafiando con su luz la impenetrable oscuridad de los estanques… Y aunque al ser un coleóptero bien podría levantarse un día sintiéndose escarabajo, cuando llega la noche el brillo de su abdomen le recuerda que en ella misma residen todos los defectos y todas las virtudes. Y cuando ya no quede más donde morder, su corazón devorado sabrá regenerarse como una flor sin espinas que se abre paso entre las piedras…

Sólo hay que amar volar al son del amor y darle más tiempo al tiempo.

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